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miércoles, 2 de agosto de 2017

AVARICIA

Don Juan, como todas las mañanas, bajaba a dar su paseo matinal y con su bolsa del supermercado llena de pan, iba al jardín a darle de comer a los pájaros y pasaba parte de la mañana contemplándolos. Era algo que hacía desde que su mente llegaba a recordar. En la primavera hacía allí las tertulias con sus conocidos, y así transcurría su vida. Entre tertulias y pájaros. Y cuándo se retiraba a su domicilio, llegaba la soledad de sus cuatro paredes. ¡Claro que tenía parientes si eso os estáis preguntando! Don Juan tenía dos hijos y una hija, y dos hermanos. Pero sus conocidos siempre comentaban que los años pasaban y nunca se veía a nadie que viniera a atenderlo, a darle un poco de cariño. El nunca hablaba de sus hijos, ni de sus familiares más cercanos. Era como si no existieran. Sus tertulias eran banales y jamás se tocaban temas personales, por lo menos Don Juan. Los demás podían marcharse antes, ya que acudían a buscar a sus nietos, o venían sus hijos a comer a sus casas. El nunca tenía compromisos. Para él la vida era plana...sin altibajos.

Don Juan, para sus vecinos, había ido apartando a toda la gente de su lado poco a poco con su afán de poseer cada día un poco más. Muchos de sus contertulianos se extrañarían si supieran que Juan, realmente era un hombre con muchísimo dinero. Y vivía en un barrio de clase baja, sin ayuda de ningún tipo, y podía permitirse todo tipo de lujos. Para él esa era su vida. Una vida plena y llena. Cada día controlaba sus cuentas y veía como su cuenta crecía y eso lo llenaba de orgullo

El pasado de Juan era un misterio para sus vecinos. Juan venía de una familia de dinero y poseía lo inimaginable. Había apartado de su lado a toda su familia con su aviara, sus ganas de poseer más y no compartir nada, sus ganas de incrementar su cuenta y pasar penurias. Su mujer lo había abandonado y él hasta se creía sus propias mentiras cuándo decía que era viudo. A su mujer le daba el dinero escaso...muy escaso para comer. Le controlaba los gastos en exceso y no le dejaba ni tan siquiera ir al banco. Ese tema era tabú. Y repitió la misma historia con sus hijos. Era una vida llena de penurias y calamidades, imposible de creer sabiendo que era millonario. La vida podía haber sido mucho más fácil. Pero su empeño en recaudar millones y más millones, se habían convertido en su obsesión. Se había convertido en un hombre avaricioso. La niñez de sus hijos no había sido nada fácil. La ropa se heredaba de unos a otros. Nunca había ropa nueva, ni había reyes, ni regalos de cumpleaños. Para que hablar de fiestas o navidades. Ni bicicletas...ni patines. Esperaban a que algún amigo compartiera con ellos sus juguetes. Y así crecieron hasta que la cruda realidad los hizo despertar. Su madre se lo dijo el día que el pequeño cumplió 18 años y ese mismo día ella se marchó. Ellos se fueron con ella. Y él, se quedó solo. Completamente solo. Pero no le importó. Ni tan siquiera los echaba en falta. Era dinero que podía ahorrar. Y él era feliz a su forma.

Una mañana no acudió a su tertulia. Y los pájaros del jardín parecían que hasta lo extrañaban. Acudían a la hora que él solía hacerlo todos los días. Pasó una semana hasta que los vecinos dieron el aviso de que hacía días que no veían a su vecino y no abría la puerta. Juan, había muerto, solo. Estaba en el salón de su casa. En una mesa había un trozo de pan y una manzana llena de moscas. Así fue como sus vecinos se enteraron de que Don Juan era en realidad un hombre multimillonario. Se encontraron fajos de billetes escondidos por todas partes. Pero en su bolsillo no había nada. Había vivido como él había querido. Y había muerto solo, quizás como él también había querido.

Es una gran locura la de vivir pobre para morir rico. (Juvenal)

3 comentarios:

  1. Muy lindo todo lo que escribes...letras atrapantes
    Gracias por compartirlas

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  2. Toda una vida llena de dinero y falta de lo más importante. Parece tan real que te llega muy hondo.
    Saludos, Midala.

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