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domingo, 7 de mayo de 2017

EL KARMA

Ana caminaba de prisa para su trabajo. Se sentó en un banco a atarse los botines y había un sobre. Lo abrió y ponía " Siempre alguien necesita tú ayuda. Ayúdalo. “Arrugó el papel y directamente lo tiró al suelo. Sin más miramientos. Continuó su camino hacia su trabajo y olvidó enseguida la tontería de la ayuda. "El que necesite ayuda que se autoayuda, o acaso no es autosuficiente para hacerlo" fue lo primero que pensó al leer el papel.

El camino hacia la oficina era largo y como hacía un día de sol radiante iba Ana más contenta de lo normal. Se cruzó con un perrito que iba corriendo y lo miró como el que mira a un sillón, sin darle más importancia. Y prosiguió su camino. Al poco rato se cruzó con ella una mujer de mediana edad, iba sofocada y corriendo. Le preguntó si había visto a un perro de color canela de tamaño mediano, que se le había escapado, a lo que Ana contesto secamente que no. ¿Para qué le iba a dar más explicaciones? ¿Para qué le contara su vida? No le interesaba nada. Que corriera detrás de su perro que a ella, poco le importaba.

Cruzó varias calles y al entrar en el parque se encontró con un señor mayor que intentaba agacharse para recoger el bastón que le había caído al suelo. Ana lo miró y giró su rostro hacia otro lado. Así era ella. Sin más explicaciones ni miramientos. "Que lo agarrara bien el bastón veras como no le hubiese caído". Ella siempre encontraba este tipo de explicaciones fáciles y banales.  El abuelo, la miró con ojos tristes, que parecían decirle que quizás...algún día ella se encontraría en la misma situación. Pero ella no perdía el tiempo en tonterías. Atusó su larga melena, agarró su bolso y siguió como si nada hubiera pasado, dejando al abuelo intentando agacharse para recoger su bastón.

De frente venían dos jóvenes que lo habían visto todo. Cuándo se acercaron a ella, uno de ellos le tiró del bolso con tanta fuerza que Ana cayó al suelo y al no soltar el bolso, el joven la fue arrastrando. Sus medias se rompieron e iba sangrando por las rodillas y la cara, pero no soltaba su preciado bolso con  sus pertenencias. Pero llegó un momento en el que el asa se rompió y el joven comenzó a correr con el bolso en la mano. Al llegar a la altura del abuelo, este, que ya había recogido su bastón sin la ayuda de Ana, la emprendió a golpes con el joven mientras pedía auxilio.

Ante los gritos del abuelo, acudió una señora de mediana edad con su perro que a las órdenes de su ama, corrió hacia el joven ladronzuelo y le comenzó a morder el pantalón. El compañero lo dejó solo y se marchó a carreras por el parque, pero este estaba inmovilizado por el perro.

Ana desde la distancia, contemplaba todo lo ocurrido llorando y preguntándose porque la habían ayudado si ella no lo había hecho. Le habían respondido como ella jamás hubiese hecho con ellos. Las lágrimas le caían y se mezclaban con su sangre. Y por primera vez en su vida, se dio cuenta que eran lagrimas sinceras, lagrimas de pena. El abuelo, el perro y la mujer tenían agarrado al muchacho mientras se oían a lo lejos las sirenas de la policía. Ana era incapaz de cesar en su llanto, toda su vida se había comportado de una forma egoísta y hoy le habían demostrado que la bondad existe.

Haz bien y no mires a quién.

2 comentarios:

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