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lunes, 20 de febrero de 2017

YO ME CONFIESO

"Yo, Emérico, me confieso de que, nunca fui un buen hombre. Confieso que algunos de los mandamientos no los cumplí en mi triste vida. Robe muchas veces. Lo admito. Robé para darles de comer a los míos. Robé por necesidad. Los pobres también tenemos hambre y mis hijos tenían mucha. Cuando pasas días y días sin nada que llevar a la boca...el estómago cruje y te duelen las entrañas...y miras a tus hijos y piensas que están pasando lo mismo...haces lo que sea menester. Y yo lo hice muchas veces, lo admito. Pero también es cierto que cuándo trabajaba nunca lo hacía. ¿Eso es pecado? Espero ser perdonado por ello.

También confieso que no acudo a la Iglesia con mi mujer y que cuándo la furia me invade, el nombre de Dios y de todos los santos son motivo de mi ira. No es justificarme, pero...entiendo que alguien tiene que hacerse responsable de mis fracasos.

Padre, también confieso que me acosté con muchas mujeres en mi vida. Mi mujer lo sabía y lo aceptaba. Sabía de mi fuerte personalidad y habilidad para conquistarlas. Las mujeres siempre fueron mi punto flaco. Cada una es hermosa a su manera y todas me hacían feliz. Fui un hombre afortunado en amores, y disfruté mucho con ellas. También tengo que decirle Padre que mi esposa es trigo limpio. De lo mejorcito. Es una mujer pulcra y aseada. Apañada con los dineros y buena madre. Y hasta hoy...buena esposa.

La maté. La maté porque era mía. Ciertas cosas no se comparten ¿usted me entiende Padre? Ahora por su culpa mis hijos se quedaran sin madre, pero fue su culpa. Tonteaba con Lupicinio. Yo hoy los vi con mis propios ojos. Llegaba con el rebaño y los vi hablando en el comedero de las gallinas. Lupicinio nos ayuda a veces con las tareas de los animales. ¡Yo ya sabía que por algo lo hacía! Estaba enamorado de la Teodosia. Ninguno de los dos merece estar vivo Padre. Yo los vi. Vi como la Teodosia se acercaba a él canturreando mientras le daba de comer a las gallinas. Sus mejillas sonrosadas y su andar dicharachero encendieron mis entrañas. Mientras Lupicino silbaba mirándola de arriba a abajo.  Sus ojos estaban llenos de lujuria y deseo. Y los maté. Me abalancé sobre ellos y los acuchillé hasta su último aliento.

Espero que Dios sea benevolente conmigo y perdone mis pecados. Amén."


Rezó un Padrenuestro y dos Aves Marías. Dióse por perdonado y fue en busca de Simona para ahogar sus penas.

Es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien.

Victor Hugo (1802-1885) Novelista francés.



domingo, 18 de diciembre de 2016

FELĪZ ANIVERSARIO


Llevaba días ansiosa con los preparativos y es que no era para menos. Tenía que organizarlo todo y tenía que ser perfecto. Hacían 50 años de casados, toda su vida juntos, con sus cosas buenas y no tan buenas, pero ella amaba a su marido. Su matrimonio había sido como el de todos, con sus más y sus menos, él era un hombre trabajador, bueno y cariñoso con ella. Habían sufrido mucho juntos, la vida no es tan perfecta como cuándo eres joven. Todo te parece sencillo y posible superarlo, pero la edad te va enseñando que las cosas no son como se ven en la juventud, con fuerza y arrojo, a ciertas edades, no se puede superar todo. Su marido se había quedado sin trabajo ya cumplidos los 50 años y fue un bache muy difícil de superar. No encontraba trabajo por ninguna parte por más que buscaba y a la impotencia le sumas la rabia y fue un bombazo para ellos. Ella se había puesto a trabajar limpiando portales y cuidando ancianos o niños. Lo que saliera. Porque ella nunca había trabajado fuera de su casa. El pobre Manolo buscaba y buscaba pero en todas partes le decían que era un viejo para trabajar, y eso lo fue mermando y agriando el carácter. Ella se veía capacitada para poder seguir con sus trabajos y por lo menos podían seguir teniendo un plato de comida caliente en la mesa.

Hoy hacían 50 años de casados y quería que fuera un día feliz para los dos. Lo tenía todo preparado. Se había comprado un vestido largo, y aunque se había gastado todos los ahorros, a partir de ahora ya no les iban a hacer falta. Ni dinero, ni nervios, ni ansiedades ni ninguna otra cosa. Tenía todo pensado desde hacía mucho tiempo. No tenían familia, ni descendencia...nadie que se ocupara de ellos...o pasara a hacerles una visita en esas largas tardes. Estaban solos los dos. Solos con sus enfermedades. Y ella no podría cuidar mucho más de él. Manolo tenía alzhéimer desde hacía tres años. Pero últimamente estaba mucho peor. La miraba con ojos perdidos sin reconocerla. Y a ella le partía el alma. El amor de su vida no sabía quién era ella...la había olvidado. Y como eso...el resto de las cosas. Todo lo tenía que hacer ella. Lavarlo, arreglarlo, darle de comer...de beber...afeitarlo...él pobre de Manolo ya era incapáz de hacer nada. Y ella sufría por su enfermedad. Y solo podía estar a su lado y seguir amándolo. Pero ya tenían una edad en la que ella se veía casi incapaz de seguir peleando. Quería despedirse de la vida en el día de su aniversario. Sería un día feliz para los dos. Y se irían juntos.

Se arregló y se peinó como cuando era joven y esbelta. Ahora era una anciana encogida y abrumada por la vida. Pero estaba feliz. Manolo estaba radiante con su traje y su corbata, y la mesa del salón colocada con gran esmero. Encendió las velas del salón y ayudó a su marido a sentarse. Le colocó su babero y puso el tocadiscos con su música preferida. Su canción preferida. El reloj. Y comenzando la canción le entregó a su marido su vaso de agua con una mezcla de pastillas que había estudiado minuciosamente. Brindaron los dos con sus vasos de agua repletos de pastillas y sus miradas se encontraron. Había mucho amor y mucha ternura en ellas. Parecía que Manolo se estaba percatando de lo que ya había hecho y quería agradecérselo...Se sentó a su lado y comenzaron una suculenta cena con su música de fondo.

" Cada persona tiene su historia y cada uno sabe cuanto le pesa y le duelen sus heridas."

miércoles, 16 de noviembre de 2016

SIEMPRE ALGUIEN TE VE

Mi madre solía decirme de pequeño, que siempre alguien ve lo que hacemos. Aunque creamos que estamos solos...siempre alguien nos ve...o desde una ventana o agazapado detrás de un coche. Y eso lo tenía yo siempre presente cuando hacía algo "malo". Menos ese día.

Aquel día tenía una cena de empresa. Era una noche fría y lluviosa, típica de nuestra región, Galicia. Eran las tres de la madrugada cuándo acabamos la reunión. Dudamos entre coger el coche o pedir un taxi, pero la mala suerte hizo que al ver la lluvia rápidamente nos metiéramos cada uno en nuestro coche y ni lo pensáramos más. Yo había bebido, quizás no bastante pero para mí lo suficiente ya que no suelo beber. Entre en el coche y miré la hora. Las tres en punto de la madrugada. Al día siguiente tenía una mañana muy liada en el trabajo. Y tenía que ir a buscar a las niñas al colegio, ya que María mañana tenía una conferencia. Yo pensaba en esas pequeñas cosas que hacen el día a día, sin darme cuenta de que iba a bastante velocidad para haber bebido. De pronto noté un golpe muy fuerte. Como si hubiera atropellado a un animal. Paré el coche inmediatamente y salí. Llovía a raudales. No veía nada. Me iba tambaleando por la carretera. Cogí el móvil y día luz. Nada. Estaba demasiado oscuro y la lluvia entorpecía  mi visión. Reconozco que estaba tocado por la bebida por lo que me monté de nuevo en el coche y di marcha atrás. Mi coche alumbró la carretera. Y fue cuándo lo vi. Estaba allí tirado, en el medio de la carretera. Se me congeló la sangre y no sé ni lo que pensé en ese momento. Salí del coche y me acerqué lentamente. Estaba aterrado. Era una mujer joven. La mire a través de la lluvia y me agache gritando desesperado. Estaba muerta. No había ninguna duda. Miré a la joven y vi que sus ropas eran harapos, por lo que intuí que era una mujer que vivía en la calle. Llevaba un calcetín roto y el otro le faltaba. Varios abrigos unos encima de otros y todos rotos. En segundos me dio tiempo a abarcar lo que en otro instante no hubiera pasado desapercibido para mí. Decidí meterme en el coche de nuevo y marcharme. La dejaría ahí tirada. Ya nada se podía hacer por ella, y seguramente no tendría familia que la reclamara. Antes de entrar en el coche, la arrimé hacia la cuneta. La miré llorando y le pedí perdón. Había bebido, sí, pero no iba a tirar mi vida también con la de ella. Entré en el coche y me marché.

La peor noche de mi vida fue ese día. Lloré en silencio y la angustia parecía que quería apoderarse de mi alma. Me atormentaba el remordimiento pero era lo mejor que podía hacer, sino quería tirar mi vida a la basura. Me levanté de la cama varias veces y fui a ver a mis hijas. Dormían plácidamente, sabiendo que su padre siempre cuidaría de ellas. Hasta ese día había sido un buen padre, un buen esposo y un buen hombre. Me había convertido en un instante en un asesino. Había matado a una persona por mi imprudencia. Mi mente luchaba contra mis pensamientos, y mi corazón tenía que permanecer frío, calculador. No podía dejarme llevar por las emociones. Tenía que controlarme. Un sudor frío recorría todo mi cuerpo y hacía que mi cuerpo se agitara de ansiedad y miedo. Decidí permanecer en silencio y no decir nada. Llevaría el coche a arreglar por la mañana. Nadie debía de enterarse de lo ocurrido. Miraría los periódicos a diario por si salía alguna noticia pero no podía contárselo a nadie.

Por la mañana me levante como otro día cualquiera, pero yo no era la misma persona de otro día cualquiera. Y eso solo lo sabía yo. Leí las noticias y por supuesto era demasiado pronto para que apareciera nada en los periódicos. Mi día transcurrió como otro día normal...aparentemente. Pude manejar mi ansiedad y mi miedo. Llevé el coche a limpiar y después al taller. Temblaba cuándo dejé el coche a arreglar. Le comenté al chapista que había atropellado un jabalí la noche anterior. No es algo anormal en las carreteras, y él pareció que lo daba por bueno.

Mis días eran lentos y angustiosos, hasta que a los cuatro días apareció la noticia. Una joven había aparecido muerta en la carretera, posiblemente atropellada. La mujer se dedicaba a la mendicidad y era extranjera. Ahí se terminaba la noticia. Respiré hondo y pensé que todo terminaba ahí. En un papel de periódico donde no se le daba más importancia.

Estaba equivocado. La frase de mi madre cobró protagonismo los días sucesivos para mí. Siempre alguien te está mirando.

Al cabo de 10 días, se presentó en mi casa un hombre de mediana edad. Vestía pobremente y pensé que era alguien pidiendo de comer o dinero. Pero no. Me dijo que quería hablar conmigo. Mi corazón se aceleró y de nuevo ese sudor frío y agobiante recorrió mi cuerpo. Notaba el corazón en mi garganta y  latidos  acelerados. Temblaba cuándo abandoné la puerta de mi casa para salir al jardín a hablar con el hombre.

Se llamaba Raimon. Y era la pareja de la mujer que yo había atropellado. Lo vio todo. A mí, a mi coche, mi matricula. Todo. Vio como me tambaleaba hasta llegar al cuerpo de su novia y me oyó gritar. Y ahora comenzaba lo que para mí iba a ser otra parte de mi pesadilla. O le daba dinero todos los meses o iba a la policía. Sería mi seguro de vida. Dinero a cambio de su silencio. Asentí en silencio y le dije que iríamos al banco. El se sentó en el porche y yo entré en casa. No había nadie. Yo acababa de llegar cuándo el hombre llamó, pero a esa hora las niñas estaban en el colegio y mi mujer pasando consulta. No lo pensé. Fui derecho a la chimenea y cogí un reloj de mármol que nos había regalado cuándo nos casamos. Era un reloj pesado. Salí y cuándo Raimon se dio la vuelta lo único que vio fue el reloj dirigirse hacia su cabeza una y otra vez. Esta vez nadie podía vernos, ya que mi jardín estaba amurallado y nosotros estábamos dentro. Aun así...miré para todas partes. Era imposible que nadie nos viera. Los setos separaban nuestras casas. Y de pronto...vi la cara de mi hija mayor, aterrada, mirando desde la ventana. Siempre alguien te ve...

Ese día mi hija no había acudido al colegio por estar con fiebre. Y...lo vio todo. Fue el principio de mi fin. Lo tenía todo y lo perdí todo por mi mala cabeza y mi mal hacer. Si desde el primer momento hubiese confesado...no hubiese sido lo mismo...si hubiese mirado bien...hubiese visto a Raimon...hubiese visto que en todo momento...alguien me miraba.


“El hombre puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan de fuera. Pero sufrir por propias culpas, ésa es la pesadilla de la vida.”
Oscar Wilde


lunes, 7 de noviembre de 2016

HABITACION 520



Me pasaba el día corriendo de un lado para otro sin apenas tiempo para respirar. Me daba mucha pena no poder disfrutar más de mis hijos, pero como dice el mayor," mamá es lo que hay". Y no le daba más vueltas, tenía razón. Mi profesión es muy esclava y me ocupaba casi todo el día, y tenía la desgracia de muchas veces marcharme con los problemas a casa, y mi marido también tiene lo suyo. Trabajamos en el mismo hospital. Los dos somos médicos pero la verdad es que casi ni nos vemos. Estamos en diferentes plantas y no solemos coincidir ya que él la mayor parte de los días tiene quirófano y yo estoy en consultas. Nuestras vidas eran muy ajetreadas y muy locas. No teníamos tiempo para nada. Y quizás la culpa fue siempre nuestra. Nunca priorizamos. Y lo primero es la familia.

Quizás por eso me pasó todo tan desapercibido y no me enteré de nada. Siempre creí que mi vida era completa. Tenía un marido al que amaba y él a mí... Unos hijos llenos de salud y eso ya era más que suficiente. Por eso...quizás...todo pasaba delante de mis narices y yo ni me enteraba.

Un día llegue al hospital como siempre y fui a cambiarme. En mi taquilla había un papel que solo ponía "Habitación 580. Hotel Ritz." Miré el papel varias veces sin entender que pasaba en ese hotel, pero pronto me asaltaron las dudas. ¿Y si en él estaba mi marido con otra mujer? Eso fue lo primero que me vino a la cabeza, para que engañarnos, en un hotel no puede pasar otra cosa más que eso. El corazón se me aceleraba y estaba al borde de una crisis de angustia cuándo salí corriendo del hospital. Decidí ir allí y estaba segura de que le iba a dar una buena sorpresa. Pensaba en quién podría ser la otra, Marta estaba siempre con él...pero Helena era una mujer muy atractiva. No paraba de darle vueltas a todo. Cogí el coche pensando en poner fin a mi matrimonio, pensando en quién sería ella, pensando en mis hijos. Lloraba calladamente y pensaba en los años que llevábamos casados y todo lo que habíamos construido juntos. Una bonita familia. Y el imbécil de él la había tirado por la borda sin importarle nada más. ¿Cómo se lo iba a decir a los niños?

Cuando llegue al Ritz, mi corazón estaba desbocado. El pulso lo tenía muy acelerado y las lágrimas corrían por mis mejillas. Subí en el ascensor y pensé en dar la vuelta y hacer como si nada. Ojos que no ven, corazón que no siente. Pero necesitaba saber quién era la otra y porque habíamos llegado a esto.

Llamé a la puerta y desde dentro escuché la voz de Alberto. Creí desmayarme. Cuándo abrió la puerta sonriente pensé que no esperaba que fuera yo, y esa sonrisa de idiota no se le iba de la cara. Lo empujé y comencé a buscar por todas partes a la otra, mientras Alberto sonreía y me decía "¿Acabaste?". Entré en el baño, miré debajo de la cama, detrás del sillón, mientras lo insultaba y lo volvía a insultar. Y lo peor es que él sonreía con esa cara de idiota. Cuándo vi que no había nadie en la habitación, me da cuenta de que la otra aún no había llegado. ¡¡Me había adelantando!! Me senté en la cama sollozando y gritándole. El pausadamente se sentó a mi lado y comenzó diciéndome que así no podíamos seguir. Lo peor seguía siendo su eterna sonrisa. Eso me estaba sacando de quicio, por lo que lo primero que tenía a mano que era mi bolso...salió disparado hacía su cabeza mientras yo le llamaba sinvergüenza. Y dejó de sonreír. ¡Pero para reír a carcajada! Me cogió la mano y me pidió que me tranquilizara que las cosas no eran lo que parecían. ¡¡Blanco y en botella!!¡Si por minutos no los había cazado infraganti! Era un sinvergüenza.

Cuándo me tranquilicé...le dije que iba a esperar a que llegara ella. Quería saber quién era. El reía y yo perpleja lo miraba. Se dirigió hacia una mesa que había con una botella de champan con dos copas. Pensé en lo desvergonzado que era. Jamás habíamos estado juntos en una habitación igual que esa. Agaché la cabeza y lloré. Se sentó a mi lado y comenzó a hablar. Así no podíamos seguir...ese ritmo de vida nos estaba haciendo perder lo mejor que teníamos, nuestra familia. No teníamos tiempo para disfrutar de nuestros hijos. Yo lo miraba perpleja sin saber por dónde iba a salir. El seguía hablando y hablando...Esa habitación era para mí y para él. Para pasar el día juntos. El lo había organizado todo. Y tenía planes. Y planes en los que podríamos estar juntos. Me proponía un plan. Dejar nuestros trabajos y marcharnos con los niños. Había cientos de sitios donde nuestra profesión era quizás más necesaria que aquí. Y sacó un mapa y con un dedo señalo un país.

Lo miré y lloré y por supuesto dije que sí. Tenía razón. Me había sorprendido gratamente. No había amante... ¡no había nada! Mi marido era mi fiel compañero y mi superman. Quería marcharse a un sitio donde no había nada...solo para ayudar a los demás y tener tiempo para estar todos juntos.¡ No me podía creer lo que me estaba ocurriendo! Esa habitación era para mí. Y mi marido me pedía un cambio de vida juntos...ejercer nuestra profesión allá donde realmente haga falta, y nuestros hijos a nuestro lado.

En medio de tanta emoción y nerviosismo, no se percató de que la puerta se abría ligeramente y una cabecita de mujer se asomaba y se retiraba rápidamente. Era Marta, la compañera de Alberto.

¡¡¡Piensa mal...y acertarás!!!

Midala:)

jueves, 27 de octubre de 2016

ACOSO ESCOLAR, TODOS CONTRA ÉL.




 El  rompe todos los cánones de belleza masculinos, es gordito y tiene granos en la cara. En principio solo tendría que preocuparle a él, pero está visto que no es así. A mis compañeros y compañeras del colegio parece que incluso se molesta más que a él mismo. O simplemente esa es la disculpa para sacarlos del aburrimiento. Cualquier cosa les vale con tal de romper su monótona vida. Y la emprenden con él. Si lo ven por el patio, le meten la zancadilla y si va al baño... ¡para que contar! Los golpes llueven por todas partes. La cosa era pegarle. Y él, Dani, solo se tapaba la cara con sus manos regordetas y lloraba. Y eso parecía que hacía más gracia y provocaba más rabia. Cuánto más blandengue fuera el rival, más fuertes se hacían los acosadores.

Recuerdo el día que salió Dani de clase y en una cuesta empinada lo fueron empujando cuesta abajo a base de patadas e insultos. Al llegar al final de la cuesta y verlo levantarse...cojeando y lloroso...decidí que ese era su último día de sufrimiento. Si ellos y ellas eran fuertes nosotros también lo seríamos. Corrí con mi mochila y le dije adiós al miedo que sentía. No podía consentir lo que estaba ocurriendo. Algo que todo el mundo sabía. Incluso profesores. Pero pienso que jamás pensarían que era hasta estos extremos. Dani había sufrido mucho por su gordura o más bien por su debilidad. Era su punto flaco...pero lo que no sabían es que a partir de hoy Dani no iba a estar solo. Ayudé a Dani a levantarse y creyó que le iba a pegar. Lo agarré del codo y le dije que nos fuéramos. El venía a mi lado en silencio y murmuró un gracias muy bajito. Yo le enseñé mi puño para que chocará con él su puño. Y fue el comienzo de nuestra amistad.

Nuestro mundo esta vacio de valores y es cruel. Yo iba a intentar demostrarle a Dani que tenía que ir tranquilo al colegio a estudiar. Quería ser siquiatra. Y yo iba a ayudarle. Tenía esa responsabilidad por haber mirado siempre en silencio y acojonado, como lo maltrataban, como le pegaban e insultaban, como lo vejaban. Yo, tenía la obligación de ayudarle. Y eso hice. Por la tarde me junté con mis compañeros más cercanos y hablamos de lo que se podía hacer. Nosotros haríamos por Dani  y a todos les daríamos una lección. Vosotros...tenéis que poneros manos a la obra y hacer por los "Danis" que tenéis en vuestros colegios. Es injusto que alguien tenga que ir a estudiar con miedo. Es injusto que a alguien se le pegue por ser gordo o tener granos o ser flaco. La mano nunca se levanta. Eso me enseñaron mis padres. Y dani iba a estar orgulloso de sus nuevos amigos.

Al día siguiente lo fuimos a buscar al portal de su casa. Todos. No faltaba nadie. Cuando Dani nos vio agachó la cabeza y lloró. Lo acorralamos en el medio y gritamos "por ti Dani. Nunca más". Y Dani lloraba y me miraba con ojos de agradecimiento. Cuando llegamos al instituto éramos una piña y no íbamos a consentir que nadie se metiera con él. Íbamos a ser sus guarda espaldas a todas horas. Pero íbamos a demostrar que la unión hace la fuerza. Y que a Dani lo iban a dejar en paz. Estábamos cansados de ver esas situaciones idiotas en la que el acosado muchas veces termina trágicamente porque se ve incapaz de aguantar a una pandilla de inútiles.

Pasaban los días y Dani se sentía cada momento más feliz. Hablaba...e incluso jugaba con nosotros al futbol. En ningún momento estaba solo. Incluso para ir al baño. Íbamos con él a su casa y en su clase cada día, había más gente que lo apoyaba a él y miraban por él. Se había convertido en nuestro objetivo. Salvar a Dani. Y lo salvamos. Vaya si lo salvamos. Dani se convirtió en otro chico, alegre, divertido y bueno. Era ya muy buen estudiante, y lo siguió siendo. Bajó de peso porque jugaba con nosotros a todo, a futbol, a baloncesto, a cualquier cosa que hiciéramos los demás él venía feliz con nosotros. Y se convirtió en una persona fuerte y delgada, a base de ejercicio.
Todos estábamos orgullosos de él. Habíamos sido una gran piña y lo habíamos logrado. No habíamos dejado ni un solo resquicio por el que ellos pudieran acercarse a Dani. Ahora ya podíamos dejarlo volar solo a ver cómo reaccionaba. Y cuándo se acercaron a llamarle "tirillas" (delgado)... pensando que ya no tenían por donde atacarlo...él con sus palabras los espantó. Ya no era gordo ni con granos. Era fuerte y atlético. Y sobre todo, sabía que tenía amigos, amigos de verdad, que estaban a su lado, no como ellos, que se dedicaban a meterse con él más débil y poco a poco iban quedando menos en su pandilla. Y así era, varios de sus componentes estaban ya en la nuestra. Y la bondad de Dani les demostró que todos cabían en su corazón siempre y cuando se respetasen.

Nos dio una lección a todos y ganamos un amigo. Un gran amigo. Hoy Dani es siquiatra y sicólogo. Atiende a nuestros hijos. Y dos días a la semana atiende gratis a niños que se sienta acosados. Va por los colegios dando charlas. Es un ejemplo a seguir. Y si no hubiésemos participado nosotros en parar su acoso...hoy igual Dani no estaba entre nosotros. ¡¡¡Levantaros y uniros contra el acoso escolar!!! Ni uno más debe de sufrir. Ni uno más debe de morir.


Buscando el bien de nuestros semejantes encontraremos el nuestro. Platón

martes, 25 de octubre de 2016

YA HACE UN AÑO QUE TE FUISTE PAPA

Ya hace un año que te fuiste papá…
Y no entiendo muy bien porque eso tiene que pasar...
Dejarnos solos a todos...
Sin ningún consuelo y nada más.

Mamá no te recuerda...
Y algo bueno tiene esta enfermedad....
Y es que tu recuerdo se borró de su mente
Como se borra todo lo demás.

La cuido igual que antes o más....
Por eso no te preocupes más...
Solo preocúpate de mandarnos una señal....
La discusión entre nosotras sigue....
Cielo...o nada más....

La "niña" te extraña demasiado ya...
Y tus fotos aún no las puede mirar...
Yo veo por las noches fotos y videos...
Para que tu cara no se me borre jamás....

Te quiero papá...
Te extraño...
Te echo de menos...
Me haces falta papá....

¿Quién maneja esto para que no puedas bajar?
¿Quién es el que dice que jamás volverás?
Yo no entiendo nada papá.
Sé que te fuiste...y no volverás.

Tengo que emprender mi camino...
Y dejar estas charlas ya...
Pero te echo tanto de menos...
Que sería como perderte...
Una vez más...